El intestino, tu segundo cerebro (Primera Parte)

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Esto es lo que asegura la neurogastroenterología. Esta ciencia es la parte de la medicina que estudia la regulación de la función digestiva. Una gran parte de los pacientes que acuden a un especialista de digestivo presentan síntomas digestivos sin causa detectable, lo que actualmente se define como enfermedades digestivas funcionales”. Este y otros temas son tratados en el artículo que os presentamos…

Segundo Cerebro, Neurogastroenterología

Nervios, inseguridad, estrés, etc. se manifiestan desde nuestros primeros momentos de vida extrauterina mediante llantos y los llamados cólicos del lactante y, más adelante, el clásico “me duele la tripa” que dicen los niños sin aparente explicación.

Nuestra más íntima relación inicial con el exterior es oral y alimenticia y a partir de ahí nos convertimos en parte del medio para sobrevivir en él.

Nuestro intestino considerado hasta no hace mucho tiempo como una mera cañería, ha pasado a ser tenido en cuenta como centro de la llamada inteligencia emocional o experiencial, en un nuevo campo: La Neurogastroenterología.

Resulta complicado cambiar hábitos alimenticios y más cuando se trata de un cruento e incesante bombardeo de “excedentes” de la industria alimentaria, y la publicidad que genera, como es el caso de la producción cárnica, los cereales y la leche, entre otros, como base principal de la alimentación occidental además de la lujosa tentación de poder comer todo lo imaginable y de cualquier remoto lugar del mundo mientras nuestros organismos necesitan apenas una parca ración para mantenerse saludables y activos. Profundamente cruel e irónico si tenemos en cuenta el desequilibrio de reparto alimenticio a nivel mundial en el que ochocientos cincuenta y cuatro millones de personas están subalimentadas mientras que del exceso del “primer mundo” se genera una constante intoxicación, un envenenamiento paulatino, que deriva en enfermedades “modernas”: obesidad, enfermedades cardiovasculares y cáncer, por citar sólo las de mayor índice de mortalidad y de inestimable repercusión para la consolidación y el aún mayor crecimiento económico de una industria farmacéutica “todopoderosa”.

Nos llamamos seres racionales y negamos nuestra animalidad pero ¿hasta qué punto y con qué limitación si sufrimos una desconexión entre nuestra mente y nuestro cuerpo?

El cerebro digestivo, conocido como sistema nervioso entérico, está localizado en capas de tejido que forran el esófago, el estómago, el intestino delgado y el colon. Es una entidad anatómica única, compuesta por redes de células nerviosas, sustancias neurotransmisoras y proteínas, que actúan como mensajeras entre neuronas, capaces de aprender, de influir sobre el estado de ánimo y sobre la salud. «El cerebro intestinal desempeña un papel importante en la felicidad y miseria humanas, aunque poca gente sepa que lo tiene», dice Michael Gershon, autor del libro “El segundo cerebro” y profesor de anatomía y biología celular del Centro Médico Presbiteriano Columbia en Nueva York (Estados Unidos).

Describir las misiones del cerebro intestinal puede ser tan complicado como intentarlo con las del cerebro ubicado en el cráneo. Hasta el momento están claras dos fundamentales. La primera es dirigir el proceso de digestión. La segunda, colaborar con el sistema inmunitario en la defensa frente a sustancias y microorganismos hostiles. Dos funciones tan vitales como las intelectuales, desempeñadas por el cerebro superior.

Hasta hace relativamente poco se creía que el cerebro controlaba directamente los nervios y músculos intestinales a través del nervio vago. Según esta teoría, el intestino era simplemente un tubo que obedecía órdenes. El problema era que nadie había contado el número de células nerviosas presentes en el intestino.

Cuando se ha hecho, se ha descubierto que el intestino contiene más de cien mil millones de neuronas, casi tantas como el cerebro ya conocido.

La red nerviosa intestinal está dirigida por un pequeño número de «neuronas comandantes» que reciben órdenes básicas del cerebro y las redirigen a los millones de neuronas que se extienden a través de las dos redes nerviosas propias del intestino: el plexo mientérico y el plexo submucosal. Los tejidos nerviosos de los plexos también contienen células glía que nutren las neuronas. Las células glía están implicadas en la respuesta inmunitaria y sirven de barrera frente a sustancias nocivas que pudieran dañar las neuronas intestinales.

La actividad inmunitaria del intestino resulta tan significativa que se le puede considerar el mayor órgano del sistema de defensas. Alberga más células inmunitarias que todo el resto del cuerpo y las neuronas entéricas están en permanente comunicación con ellas. Entre las funciones inmunitarias del cerebro intestinal cabe señalar el mantenimiento de condiciones óptimas para el desarrollo de la flora bacteriana beneficiosa y la detección y expulsión inmediata de los microorganismos que pudieran resultar perjudiciales.

Las «neuronas comandantes» controlan la actividad del intestino. Poseen sensores para el azúcar, las proteínas, la acidez y otros agentes químicos que indican la progresión de la digestión. A partir de esta información, el cerebro intestinal decide las sustancias que debe secretar para optimizar la asimilación de nutrientes y el ritmo con que los contenidos intestinales deben ser empujados.

En definitiva, el intestino toma decisiones y utiliza en su funcionamiento circuitos complejos como sólo se encuentran en el cerebro.

Los detalles sobre cómo el sistema nervioso entérico está vinculado con el sistema nervioso central han sido descubiertos en los últimos años y están formando un nuevo campo de la medicina llamado neurogastroenterología.

Fuente: accumalaga

 

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